12 de noviembre de 2014

¿Veremos el vino como un producto funcional?

Un estudio llevado a cabo por la Royal Society for Public Health en el Reino Unido evidencia que a más de dos tercios de los consumidores británicos les gustaría poder ver la información relativa a las calorías en las etiquetas de las botellas de vino. Aunque los beneficios derivados del consumo moderado de vino pueden ser mayores que el “coste” que supone para el consumidor el aporte calórico derivado de su consumo, este estudio pone de manifiesto la importancia que muchos consumidores otorgan a la salud en sus decisiones de consumo. Algunas bodegas parece que quieren aprovechar esta oportunidad que les brinda el mercado.

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Una tendencia actual en la sociedad es la creciente preocupación por la salud. Aunque algunas veces entremezclado con la importancia de la imagen, cada vez más consumidores consideran las repercusiones que el consumo de determinados productos de alimentación puede tener sobre su salud y aspecto físico.

Así, en la industria de la alimentación han proliferado en la última década los llamados productos funcionales, que son aquellos que proporcionan al consumidor alguna propiedad beneficiosa para la salud, independiente de sus propiedades puramente nutritivas. Estos productos funcionales se desarrollan, entre otros métodos, aumentando la concentración de un componente que ya tiene el alimento (por ejemplo, leche enriquecida en calcio o zumo de naranja enriquecido en vitamina C) o eliminando o reduciendo algunos de sus componentes (por ejemplo, leche semidesnatada o margarina baja en sal).

Algunos científicos han mostrado sus dudas sobre la bondad de este tipo de productos de alimentación, considerándolos simplemente el resultado de una estrategia de marketing. De hecho, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) ha puesto de manifiesto que, entre las declaraciones presentadas para poder publicitar las bondades saludables de los productos, sólo una de cada cinco solicitudes se basa en pruebas científicas sólidas. Parece que lo único realmente contrastado es que los productos funcionales se venden a un precio primado con relación a productos similares no enriquecidos. Vamos, que son más caros que los normales.

¿Llegará el vino a ser un producto funcional?


En los últimos tiempos hemos asistido a la proliferación de artículos (tanto científicos o académicos como de literatura gris -prensa, blogs, etc.-) que se han empeñado en destacar las propiedades saludables que tiene el consumo moderado de vino. Esta proliferación de noticias responde a los esfuerzos del sector vinícola para mejorar la percepción social de una bebida que, en mayor o menor grado, contiene alcohol. Se busca transmitir una imagen de bebida saludable, evitando la potencial asociación entre el consumo de vino y los efectos negativos del consumo de alcohol en nuestro organismo.

Sin duda alguna, la palabra clave en toda esta estrategia es el resveratrol. El resveratrol es una fitoalexina (compuesto antimicrobiano producido por una planta como defensa ante ataques fúngicos) que está presente en las uvas y en productos derivados como el vino y el mosto, así como en otros alimentos como las ostras, el cacahuete y las nueces. 

Aunque la importancia de esta sustancia radica en la elevada actividad mostrada a nivel fisiológico, relacionándose un consumo moderado de vino con el efecto preventivo sobre enfermedades cardiovasculares y cáncer, un reciente estudio asegura que la ingesta de esta sustancia no está asociada a beneficios para la salud. Así, investigadores de la Universidad Johns Hopkins han concluido que quienes consumen una dieta rica en resveratrol no son menos propensos a desarrollar enfermedades cardiovasculares o cáncer que aquellos que toman pequeñas cantidades de esta sustancia.

A pesar de esta controversia sobre los potenciales beneficios (o no) del resveratrol, diez bodegas de La Rioja (Domecq, Santalba, Patrocinio, Ontañón, Sonsierra, Regalía de Ollauri, Bilbaínas, Riojanas, Cooperativa de Aldeanueva y Vivanco) iniciaron en 2005 un proyecto de investigación de la mano de las empresas Avanzare y Dolmar, y bajo la coordinación de la Federación de Empresarios Riojanos (FER) para elaborar vinos con mayores niveles de antioxidantes.

En concreto, el objetivo del proyecto era incrementar de forma natural el contenido de resveratrol tanto en el viñedo como en el proceso de elaboración de los vinos ya en bodega.

Imagen-Resveratrol-Wine-Club
Fuente: www.reportajeados.com
Bajo esta iniciativa, enmarcada bajo el peculiar nombre de Resveratrol Wine Club, se ha diseñado una cápsula con una imagen identificativa común que busca crear un distintivo que facilite la comercialización de estos vinos, unidos directamente al consumo saludable de elevados niveles de resveratrol, y que podría ayudar a determinado segmento de mercado (preocupado y concienciado por el consumo de productos saludables) en sus procesos de decisión de compra.

La verdad es que no sé si llegaremos a ver algún día en una etiqueta de vino algún lema del tipo “vino enriquecido en resveratrol”. No sé si estos vinos van a ser capaces de venderse en el mercado a un precio primado con relación a vinos similares, aunque supongo que sí. Lo que está claro es que esta iniciativa acerca al vino a la categoría de producto funcional, y no sé si eso es una buena o una mala noticia para el sector.

Ya sabes mi opinión sobre la excesiva proliferación de mensajes que asocian el vino a la salud. Siendo un producto cuyo consumo moderado puede resultar saludable, si no queremos que el consumidor termine dudando entre comprar vinos o yogures, el sector vinícola debería proporcionar una oferta de valor que acerque, y no aleje cada vez más, a buena parte de la sociedad de un producto cuyo consumo debe ser más placentero que saludable.

Un saludo,
Ricardo